Educación es una palabra que procede del término latino educere, que significa guiar, encauzar, dirigir, orientar. En la antigüedad los encargados de guiar a los niños en su inserción social y aprendizaje eran los pedagogos. Pedagogo es una palabra de origen griego que significa «el que guía los pasos», el que instruye en el caminar y en el sendero de la vida.
El cometido fundamental de la educación es la transmisión de valores, que han de guiar nuestras opciones fundamentales en la vida. Ahora bien, los valores no son fórmulas o contenidos que hayamos de aprender y basta. En este campo no es suficiente la instrucción. Sólo si, convencidos de ello, estos valores llegan a ser nuestros, parte de nosotros; únicamente si les hacemos «carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre», si entran a formar parte de nuestra configuración mental, si pensamos y sentimos con ellos, si experimentamos e interpretamos el mundo a través de ellos, entonces nos estamos educando verdaderamente.
La educación es el arte de guiar la vida por los cauces que harán fructífera nuestra existencia, encauzando nuestras tendencias e impulsos creativamente. Valga un ejemplo: el agua es necesaria para vivir, pero cuando baja descontrolada, en torrente o en volcán, arrasa todo lo que encuentra en su camino.
Los educadores -sean padres, maestros, profesores, trabajadores sociales, catequistas o agentes de pastoral- son los que tienen la responsabilidad de conocer este arte que es el educar, y su compromiso es ayudar a otros con su experiencia y conocimiento, es decir, con el testimonio de su vida. Educar es más que hacer aprender, que mostrar cómo ejercitarse en el manejo de conocimientos; educar es más que entrenar en una disciplina mental. Es enseñar a vivir, a respetar, a convivir, a amar. Los educadores están también implicados en su propia educación junto con los educandos: educar es co-educarse. «En tanto soy un buen maestro, en cuanto sigo siendo un alumno», predicaba San Agustín, obispo de Hipona (Sermón 244, 2). Y esto no es sólo cuestión de inteligencia, sino de opción en la vida. Una persona inteligente que sea egoísta empleará su inteligencia para el egoísmo, y un inteligente generoso lo hará para la generosidad. Es la diferencia entre educar en valores o simplemente instruir o ilustrar la mente con conocimientos y técnicas. Por eso dice Juan Pablo II: «La labor educativa está vinculada estrechamente a la formación de la conciencia, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre» (Evangelium vitae, nº 97
¿Cómo estas educando?
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